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lunes, 26 de septiembre de 2011

Cuéntanos tu #HistoriaDeVino: Participa y disfruta de Cocina y vino

El vino siempre es protagonista de momentos emotivos: como dijo Napoleón Bonaparte sobre el champán: en la victoria se merece y en la derrota se necesita.


Por eso, como director de la revista Cocina y vino, escritor y profesor de escritura creativa, junto con Alimentos Fusari y Premiere Travel, convocamos al concurso de historias del vino: cuéntanos tu mejor momento relacionado con el vino y puedes compartir de los placeres de la enogastronomía.

A continuación, las condiciones de participación:

1. Válido para participantes en Caracas o que puedan trasladarse de forma oportuna.

2. Los concursantes deben ser mayores de edad.

3. Los concursantes enviarán a la dirección jnmcocinayvino@gmail.com su historia que puede ser ficcional o real, en la que el vino juega un papel fundamental y de extensión no mayor a 3500 caracteres. Si se menciona una marca en particular, la misma debe ser distribuida por Alimentos Fusari.

4. El participante debe seguir las cuentas @cocinayvino @AlimentosFusari y @Premiere_Travel

5. El concurso comienza el martes 27 de septiembre y cerrará el miércoles 5 de octubre.

6. Un jurado de especialistas en literatura, vinos y gastronomía escogerá la los textos ganadores y se comunicará con el ganador. El resultado será publicado en este blog.


7. Los premios son:



a)Primer Lugar: almuerzo o cena para el ganador y un (1) acompañante en un restaurante aliado de Premiere Travel, una cesta de productos de Alimentos Fusari y una botella de vino para acompañar la comida.




b)Segundo Lugar y tercer lugar: 2 botellas de vino Vistamar cada uno.





8. Los ganadores tendrán una semana para ponerse en contacto con los organizadores y buscar su premio.


¡Desaten su creatividad y mucha suerte!

martes, 21 de diciembre de 2010

Expovinos Panamá 2008: 2 estampas del vino argentino

Expovinos Panamá 2008. Domingo, día de cierre. Dos estampas del vino argentino. Dos reliquias.

Primero, mientras degustábamos una copa del Mairena Bonarda 2005 de la familia Blanco, una señora impaciente por saber si estaría a su alcance el precio del vino en anaquel le preguntó a Gabriel Blanco: “¿Y cuánto es que cuesta este vino?”. A lo que Blanco, como si esperara un día más antes de ordenar la cosecha, respondió con parsimonia: “señora: desde que planto las uvas hasta que lo embotellamos y lo despachamos el vino nos cuesta muchísimo. El precio tendría que consultarlo con el importador”.

Luego, Fernando Spigatín, de Domados, me confió que abriría en breve una botella de Zaino, su malbec top. Lo decantó mientras me contaba cómo recorrer los viñedos en su caballo era su ideal de felicidad desde que lo hacía con su padre. Esperamos. Y sirvió un líquido casi negro del que surgían frutas negras, violetas, especias dulces. Recordé a Hubert de Montille en Mondovino: no es sólo que el vino sea concentrado sino que su sabor sea profundo. Y me vi tomando ese vino con mi hijo unos diez años después.

Le pregunté a Fernando cuánto duraría ese vino. “Fácil 20 años”, dijo. No necesitaba Wine Spectator ni Robert Parker para creerle al hombre que me había llevado de paseo en el caballo por sus viñedos con su relato. Simplemente nos pusimos de acuerdo y me vendió una de las botellas que le habían sobrado de la exposición. Y antes de entregármela, con cuidado, con letras grandes como siempre he imaginado la caligrafía de varios de los afrancesados protagonistas de los cuentos de Cortázar, colocó, por primera vez el nombre de mi hijo Manuel Andrés, al dedicarle la botella. Así que cada 15 de agosto, en su cumpleaños, trato siempre de brindar con vino argentino, por la memoria de Fernando, por los esfuerzos de Gabriel Blanco. Hasta que se cumpla el destino del Zaino y sea descorchado para brindar con Manuel. Por eso siempre me emociono cuando grabamos videocasts con vinos argentinos.




martes, 3 de agosto de 2010

Fuimos, vimos y bebimos: Primer tuityvinos en Panamá

Durante mi experiencia de 10 años como docente he concluido que, en mayor o menor medida, cada taller es la gente que lo conforma, ni más ni menos. Uno pone sobre la mesa un programa, unos contenidos, algunas intenciones, pero son las personas quienes terminan de modelar la actividad.

Es lo mismo que habíamos venido experimentando en el primer y el segundo Tuityvinosccs, en los cuales pusimos la idea y fue las personas las que pusieron una atmósfera formidable para conversar, conocernos y compartir con un protagonista excluyente: el vino.

Ayer, cuando nos lanzamos a la experiencia en Ciudad de Panamá de armar el Primer Tutyvinospty nada cambió: fueron los participantes los que se regalaron a sí mismos una velada de más de 4 horas de disfrute de vinos muy diferentes en carácter pero todos disfrutables dado el contexto apropiado. Por eso, por la gente, tuityvinos es tuityvinos donde se monte.

Buscando la curiosidad del panameño

Es muy fácil predicarle al converso. Al que ya sabe de vinos porque en su casa, por decisión personal o cualquier otra circunstancia se trataba de un elemento que lo rodea. Y, por supuesto, en el otro extremo se encuentran los amantes empedernidos de cervezas y destilados, para quienes el país del vino se encuentra a muchos kilómetros de distancia.

Entonces, ¿quién queda en el medio? Desde estos días me gusta definirlo de la siguiente manera: el curioso. El aficionado que no sabe en profundidad pero se entusiasma fácilmente, para quien el protocolo del vino es cosa de profesionales y no necesariamente lo sigue al momento de disfrutar sus botellas, el que compra vino en el supermercado para el almuerzo del día pero también puede guardar algunas botellas porque sabe que pueden beneficiarse de la guarda, el que sabe que sólo probando y preguntando se aprende.

Y eso fue lo que comencé a descubrir de un buen número de aficionados panameños: su curiosidad. Sin preocuparse por la clasificación de 1885 de Burdeos o por la forma como Michel Rolland ha cambiado para siempre el mundo del vino, prueba botella tras botella. Y anota o registra en su memoria las impresiones, las comparte, trata de recomendar sus favoritos y escuchar las recomendaciones de sus compañeros.

Por eso, como ningún otro, el Tuityvinospty, el primero, fue una actividad para descubrir el vino, para aprender acerca de él y, sobre todo, para conocernos, que Caracas apenas queda a dos horas y con Twitter y Facebook estamos siempre en contacto. En ese espíritu nos reunimos.

Brindis a la venezolana

Desde muy temprano, Chris Fawcett (@ChrisFaw) ya se encontraba en la sede del Tuityvinos, Rino's Ristorante. Llegamos y la sala estaba casi vacía y nuestra mesa reservada, con las copas listas para lo que, me pareció, pensaron en el restaurante sería una jornada de un par de vinos. No imaginaban que tendrían que utilizar casi todas sus copas y lavarlas un par de veces para poder con nosotros.

Puse a enfriar el Brut Nature Reserva Especial de Pomar, el primero de los tres vinos venezolanos que servimos en la noche. Y comenzó la gente a llegar, @MonoSG que ya estaba comiendo en el restaurante hasta @LurysHorna quien, desde el comienzo, preguntaba y preguntaba para tratar de conciliar su conocimiento nutricional del vino con la parte más hedonística.

Servido el vino tuvimos el placer de mostrar que Viña Altagracia es realmente uno de esos pocos lugares en el mundo en los que el vino es una realidad, impresión que se confirmó con el Frizzante Pomar. Fueron los blancos para entrar en materia. Después vendrían los pesos pesados.

Velada de vino tinto

Siempre es un reto organizar los vinos que los participantes llevan a los tuityvinos pero, con gusto, comenzamos con el merlot Sendero de Concha y Toro y terminamos con el tercer vino venezolano, el Petit Verdot de Pomar, que dejó a todos impresionados por su cuerpo.

En el camino nos encontramos con notas altas como el Ben Marco Cabernet Sauvignon, el Casillero del Diablo Reserva Privada y el Gran Malbec de Joffré e hijas. Pero también participaron otros chilenos, franceses y australianos. Oferta variada para todos los gustos.

Pero, lo más emocionante, fue cuando el amigo Dionisio Guerra (@DionisioGuerra), que llego presentándose como un novato, ya al final distinguía algunas de las caracteristicas que diferenciaban los vinos y podíamos comentarlo.

La realidad era que probábamos cada vino, lo comentábamos, pero, con un afán casi infantil, ya estabamos desesperados por tener la próxima copa. Los sabores desde las fresas muy jóvenes hasta las complejidades del chocolate y el cuero lograban que captáramos la atención del personal de salón del restaurante y las miradas de los otros comensales.

Al final de la jornada, hasta el propio Rino Tamburrelli, se acercó para compartir una copa del petit verdot. Y vino la rifa en la que, con pequeños detalles que trajimos de Venezuela y algunos otros que Fernando Jaén (@ferojaen) en nombre de Felipe Motta, compartió con los asistentes.

¡Hasta tequeños hubo para terminar la jornada de parte de un paisano!

Preparándonos para una segunda tanda

Hubo detalles, no había manera de controlarlo todo a control remoto. Pero el ambiente y la gente estuvo y eso nos da fuerza y convicción para un segundo tuityvinospty que ya proyectamos para dentro de un par de meses. Y, sobre todo, el empeño de alguien como Chris Fawcett quien, desinteresadamente, llevó sobre sus hombros la parte operativa del evento. Todos los méritos y el reconocimiento para él.

Por eso, Dios mediante, antes de que este 2010 termine tendremos un 3er Tuityvinosccs y un 2do Tuityvinospty porque, realmente, estos son los momentos que la memoria va coleccionando y con los que, en los días menos afortunados, apareciendo sin avisar nos sacan una sonrisa.

¡Salud!

martes, 22 de junio de 2010

Humor y vinos: ¿Cómo descorchar con un zapato?

No es lo más recomendable, pero uno nunca sabe cuándo puede necesitar este estilo McGyver

lunes, 31 de mayo de 2010

Panamá, cartografía de la uva y la copa

Desde el asiento de copiloto del taxi de Gregorio Flores, nuestro conductor designado en la ciudad, vamos dejando atrás los rascacielos y aparecen las ruinas de Panamá La Vieja, y recuerdo un caluroso abril, con Marta embarazada, subiendo los peldaños de la torre, rozando las piedras como si quisiera osmóticamente absorber algo de historia. De repente un semáforo, un cruce a la derecha y el Parque Industrial de Costa del Este.

A Sergio Pitol lo conocí a finales de los ’90 en Caracas, en un minitaller de novela organizado por la Fundación Atempo que presidía el escritor venezolano Antonio López Ortega. Era el Pitol de los cuentos y las novelas y las traducciones. Todavía no había llegado el memorioso de El arte de la fuga o El viaje. Al menos no al papel.

Gregorio vacila en la dirección, pero luego los galpones se acaban y está la tienda de SDS Internacional, que desde hace unos seis meses refresca la oferta de vinos de la ciudad. En un recodo, tímido, está Martín, que, aun envuelto en vinos, no ha probado ninguno: “sólo algo de ron en las degustaciones”, dice en susurro confesional. Detrás del mostrador, con un cabello de medusa, exagerando los gestos, maestro de ceremonias de un circo de Baco, está Oriol Serra, alma de la distribuidora.

Pedí una entrevista con Pitol para un programa televisivo que tenía en una estación comunitaria del municipio Baruta en Caracas. Me senté con el Maestro en un banco a orillas de la piscina del Hotel Ávila: Pitol habló de Gógol, de Chéjov, habló de Jalapa, enumeró sus viajes. Camarógrafo y coordinador me hacían señas: debíamos cortarlo pero: ¿cómo se detiene el río de la memoria? Le di un apretón de manos y poco tiempo después, cuando leí El arte de la fuga, lo convertí en uno de mis indispensables. Pitol allí, citando a Antonio Tabucchi, comenta que el escritor no se mueve en las certezas sino en la incertidumbre y las caracteriza como una zona gris, pantano, lodo. Y, cada vez que escribo, peregrino hacia esa Meca.

Oriol Serra también se mueve en la incertidumbre. Si trae un vino de Montsant —Mas Franch, Coca i Fitó— lo hace porque conversó largamente con los productores, se “enamoraron” y él puede transmitir la pasión. Recorre su tienda, levanta la mirada y señala: “estos son los protagonistas”, mientras veo un enólogo en su faena. “Es un genio, un mago” dice Serra mientras detalla procesos de elaboración, condiciones del terroir, razones por la que se trata de vinos diferentes, únicos.

En la conversación, una mañana de miércoles, Serra saca un par de botellas y unas piedras: se trata de licorella, el “suelo sagrado” del Priorat. “Hay que lamerlas, es la única manera de sentir la mineralidad de estos vinos”, dice e invita. Uno, hipnotizado, se lleva la irregular pieza a la boca, estira la lengua primero con timidez, después con confianza resignada. Finalmente el sorbo de vino. Y la mineralidad. En su circo de Baco, Serra siempre parece tener la razón. Aunque, incómodo en las certezas, comenta: “pero ahora estoy escribiendo un artículo para indagar qué vino habría tomado Jesús en la Última Cena porque sé que no pudo ser syrah”, y comienza una nueva veta de conversación hasta que, cerca de las dos el deber llama: juega el Barcelona F.C. y Oriol debe seguir su otra pasión.

Gatsby desembarca en Marbella

He perdido la cuenta de las veces que he exigido leer Gatsby en un taller de literatura o cátedra universitaria. Exigido. Con rigidez de tallador de diamantes. Pero no entraña maldad mi ahínco sino más bien el deseo profundo de que compartan conmigo esas páginas que releo cada año. Los “locos años ‘20”, el glamour, el ascenso de Gatsby, su amor casi ingenuo con Daisy, ese sueño que se envolvía en la luz verde de la casa vecina y consumió su vida.

La primera vez que entré a la Wine Store de Felipe Motta en Marbella fijé los ojos en la fuente al fondo, flanqueada por Burdeos y Borgoña. Gatsby. En Panamá. En Marbella. Desde la botella que hubiera podido servir Jay Gatsby como aperitivo sencillo, hasta el plácido champagne o la oscura corpulencia venida de Médoc, Pauillac, Graves o Pomerol.

Seguramente Nick Carraway, el amigo de Gatsby y primo de Daisy, el narrador de la historia de Fitzgerald y quien al principio nos comparte esa máxima de su padre —“no juzgues a los demás, no sabes si tuvieron las mismas oportunidades que tú”— llevaría el carro de supermercado y organizaría con cariño fraterno las botellas, comentaría sobre alguna añada particularmente buena, buscaría un equilibro entre blancos y tintos. Tal vez le susurraría al oído que Daisy prefería los blancos italianos y Gatsby, subyugado, hubiera dejado atrás los vinos españoles y las joyas del Piedemonte para encontrar un Soave.

Los viajes a Felipe Motta de Marbella, las travesías al mundo del West Egg de Fitzgerald, las organizo de tal manera que no tenga límite de tiempo. Me fundo con la fantasía y al terminar, en la caja registradora, comprando la edición más reciente de Wine Spectator, y sólo si llevo muchas botellas, llamo de nuevo a Gregorio.

Vía España era una Fiesta

Siempre me he preguntado si la iluminación deficiente, si la estrechez de los pasillos del local de La Fiesta, en el cruce de Vía España con Vía Argentina, fueron calculadas a propósito para conservar el vino y dar al visitante una sensación de recorrer una cava profunda, una catacumba, de esas donde el moho, la humedad y el aislamiento “hacen” el vino, como en Hungría. Tal vez sólo sea descuido.

La austeridad del París de entreguerras, ese tono siempre otoñal que tiene Hemingway para describir su trajinar por los Jardines de Luxemburgo o la forma como rinde un café para conservar el derecho a estar sentado y garabatear notas que serán su próxima novela, un artículo periodístico que pagará la renta, un cuento, sus memorias, están también en esta licorería.

A la derecha el Nuevo Mundo, a la izquierda el Viejo, en estantes que presentan botellas colocadas en posición, horizontal, vertical u oblicua sin tanto concierto. Al fondo a la derecha, un escritorio donde una dama, calculadora en mano, atiende proveedores y saca cuentas.

Tomo un chardonnay californiano. ¡Herejía! Hemingway, el de Fiesta en la tarde, el de Por quién doblan las campanas, nunca preferiría un blanco. Cruzo del lado derecho por un pasillo de estrechez de convento y llego a los Rioja: crianza, reserva, gran reserva. Tomo una botella casi con aleatoriedad. Entonces recuerdo a Bécquer: “el recuerdo que deja un libro es más importante que el libro mismo”. Y pienso que pasa lo mismo con los vinos. Busco entonces una botella que me es mucho más familiar para dejar atrás esta Fiesta. “Nunca viajes con alguien que no ames”, dice Hemingway en París era una fiesta. Pago y tomo mi bolsa con la botella. No llamo a Gregorio porque el hotel está cerca en la calle Eusebio A. Morales.

(publicado en Panamá América, domingo 16 de mayo de 2010)